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Crónica de una muerte anunciada

Superada por un rival de jerarquía, la Argentina luchó como pudo pero no logró escapar de una eliminación inevitable.

Podrían utilizarse varias palabras para sintetizar lo vivido el sábado tras la caída ante Francia: dolor, tristeza, desconsuelo, desazón, abatimiento... Sin embargo, hay una que no cabe en la descripción: sorpresa. Solamente un desprevenido podría asombrarse por este final de cabezas gachas. El fútbol argentino, lamentablemente, se lo buscó.

La Selección viene a los tumbos desde la salida de la dirección técnica de Gerardo Martino. Sus reemplazantes, Edgardo Bauza y Jorge Sampaoli, nunca le encontraron la vuelta al equipo y ni siquiera pudieron imprimirle algo de sus improntas futbolísticas. La Argentina llegó a Rusia casi por la ventana (inevitable pensar en que pudimos haber sido otra Italia de no haber tenido a Messi) y luego de la clasificación jugó amistosos en pobre nivel. Jamás consolidó una formación estable y hasta perdió a un histórico (Sergio Romero) en circunstancias poco claras.

Ya en Rusia, todo fue de mal en peor. Ante Islandia, un rival entusiasta pero inferior, Argentina se puso en ventaja, le igualaron, Messi desperdició el penal que le habría dado la victoria y terminó envuelta en la confusión ante un rival atrincherado en el fondo.

Contra Croacia llegó la hecatombe. El increíble error de Caballero desmoronó anímicamente al equipo, lo expuso a la goleada y lo dejó al borde de la eliminación. El clima enrarecido, las internas, los cambios permanentes en la formación y la autoridad cuestionada de Sampaoli completaban un cuadro desolador.

Nigeria trajo algo de oxígeno al ganarle a Islandia y brindar una última chance. Los 45 minutos iniciales ante los africanos, con algo de serenidad, pausa y una buena versión de Messi -golazo incluido- fueron un bálsamo. Pero bastó que llegara una nueva adversidad (penal infantil de Mascherano) para que volvieran las urgencias y la desesperación. El gol de Rojo, festejado hasta la afonía, nos depositó en octavos. La esperanza seguía. Prendida con alfileres, pero seguía.

Contra Francia ya no había margen de error. Un rival que aún no había mostrado todo su potencial pero que contaba con jugadores de primer nivel en todas las líneas (Varane, Kanté, Pogba, Mbappé, Griezmann) no iba a perdonar ingenuidades. Antes del cuarto de hora, el imparable Mbappé dejó un surco de contraataque y Rojo le cometió un innecesario penal. Con la conversión de Griezmann llegaron los peores minutos de la Argentina, expuesta a las réplicas y a la amenaza permanente del 0-2. El impactante zapatazo de Di María trajo una igualdad impensada y cerró la primera etapa con esperanza.

El arranque del complemento fue todavía mejor. Un remate cruzado de Messi se desvió en la pierna de Mercado y descolocó a Lloris. Dos a uno y euforia inesperada. Era necesario aquietar el trámite, manejar la pelota y jugar con la desesperación francesa, pero otro zapatazo -esta vez del lateral Pavard- emparejó de nuevo el tanteador.

El partido estaba para cualquiera, pero Mbappé lo inclinó para Francia. Primero, con un remate cruzado que encontró poca resistencia en Armani; luego, con una precisa definición tras un contraataque perfecto. Con el cuatro a dos, la Argentina fue pura impotencia. El descuento llegó tarde, con Francia casi distraída, pero no alteró el concepto final. Los galos fueron incuestionables ganadores y lograron el merecido boleto a cuartos de final. Para la Selección nacional aplica un dicho muy conocido: quien mal anda, mal acaba. Y la Argentina hace bastante tiempo que anda mal.